El aprendizaje experiencial parte de una idea sencilla: las personas pueden comprender mejor determinados conceptos cuando tienen la oportunidad de ponerlos en práctica.
Por eso, convertir un curso en una experiencia no consiste únicamente en hacerlo “más divertido”.
Se trata de cambiar la pregunta de:
¿Qué información debemos presentar?
a:
¿Qué queremos que las personas hagan con esa información?
1. Empieza por el comportamiento esperado
Antes de diseñar actividades, identifica qué debería poder hacer la persona al finalizar.
Por ejemplo:
- resolver un problema;
- atender una situación difícil;
- tomar una decisión;
- identificar un riesgo;
- coordinarse con otras personas;
- aplicar un procedimiento.
Esto permite crear experiencias conectadas con el objetivo.
2. Convierte el contenido en decisiones
Una presentación explica qué hacer.
Una experiencia obliga al participante a decidir qué hacer.
Puedes utilizar:
- escenarios;
- retos;
- casos;
- simulaciones;
- estaciones;
- juegos de roles;
- misiones;
- problemas progresivos.
3. Permite que exista consecuencia
Si todas las opciones llevan al mismo resultado, la experiencia pierde valor.
Las decisiones deben generar consecuencias diferentes.
Así, los participantes pueden observar qué ocurre cuando cambian su estrategia.
4. Integra reflexión
Después de la actividad, pregunta:
- ¿Qué pasó?
- ¿Por qué ocurrió?
- ¿Qué haríamos diferente?
- ¿Dónde vemos esto en nuestro trabajo?
Este cierre convierte la actividad en aprendizaje.
5. Lleva la experiencia al contexto real
La actividad funciona mejor cuando utiliza situaciones, lenguaje, retos o decisiones cercanas a la organización.
Por eso, personalizar una experiencia puede generar una conexión mucho mayor que utilizar una dinámica genérica.
En Lulopop diseñamos experiencias alrededor del objetivo de la empresa: no adaptamos el objetivo a una actividad; construimos la actividad alrededor del objetivo.
